Una ilusión loca, cuando toca

Félix Herce, con camisa blanca, en plena euforia con otros agraciados en 2002. /JAVIER LOSANTOS
Félix Herce, con camisa blanca, en plena euforia con otros agraciados en 2002. / JAVIER LOSANTOS

Un panadero riojano y un lotero alavés cuentan qué les pasó después de ser bendecidos por el bomb0. Una pista: algunos premios vienen con resaca

ICÍAR OCHOA DE OLANOMadrid

Lo más probable, de largo, es que ni usted ni yo sepamos nunca qué tipo de erupción se desata, epidermis adentro, cuando los niños cantores de San Ildefonso hilan con sus voces el número de cinco cifras que tiene impreso su décimo; qué cara se les queda a los amigos y los conocidos cuando la buena nueva corre como el cava y se enteran del brusco arreón financiero; qué ocurre cuando, al fin, uno se queda a solas con su fortuna y con las fantasías de reencarnarse en Aristóteles –Onassis, por supuesto– y cabalgar la vida a toda vela; o qué queda del botín dos y tres lustros después de que el bombo mágico rodara... No es fácil encontrar quien lo cuente. Mientras que la versión anglosajona de Loterías y Apuestas del Estado llena páginas con los nuevos suertudos británicos, sus sonrisas exultantes y los pormayores de sus historias personales, sus homólogos en España se resisten. Prefieren hundir su privilegiado estatus de millonarios en la discreción, quizá en un intento de ahuyentar el tan cacareado pecado nacional de la envidia. El riojano Félix Herce y el alavés Carlos Resa –860.000 euros de la década pasada entre pecho y espalda– dan la cara. No hay yates, ni felicidad maciza, pero tampoco agujeros. La suerte casi nunca viaja sola.

Félix Herce. Panadero jubilado «Fue una Navidad difícil; salió mucho enrabietado por no haber jugado ese número»

A Félix Herce, el cántico celestial del Gordo le pilló, como todo en su vida, en una nube de harina. Hijo y nieto de panaderos, se vistió de blanco para debutar en el oficio familiar con catorce años. Aún le quedaban entonces casi cuatro décadas por delante hasta ese delirante domingo en el que dejó cociendo la masa para salir a tomar un café y, a su regreso, le recibió un tumulto capaz únicamente de verbalizar esas tres palabras que, cuando se juntan, dan a luz a un nuevo universo. «¡¡¡Nos-ha-tocado!!!» Eran poco más de las diez de la mañana del 22 de diciembre de 2002 y el primer premio de la Lotería de Navidad, el 08.103, hacía impacto en Calahorra con la fuerza de un meteorito. La zona cero, la cofradía de la Santa Vera Cruz. Félix no recuerda gran cosa del frenesí posterior. Su mente solo es capaz de reproducir imágenes inconexas de gente, gritos, más gente y «mucho follón». «Me dijeron que lo primero que dije fue: ‘Ya hemos pagado San Francisco’». Por entonces, presidía la emblemática agrupación religiosa, y ésta se había lanzado a pedir un crédito bancario de 240.000 euros para restaurar esa iglesia. «Era una preocupación gorda que tenía y que se disipó», evoca. Ese año se habían despachado 12.000 euros en lotería con el número bendito entre los cofrades, que se repartieron la friolera de 23.000 millones. Pero no todos cobraron. Porque no todos compraron.

Félix llevaba cincuenta participaciones, de 2,5 euros cada una, compartidas «como siempre» con sus tres hermanos y sus respectivas familias. De la noche a la mañana se vio firmando un cheque por valor de «un millón y pico de euros» y, también, lidiando «con quienes no se resistían a no tener premio». «Como yo era el presidente, vino gente enrabietada a pedirme dinero porque no habían comprado lotería y no se resistían a no ganar. No hubo ocasión para caprichos ni para nada. La resaca del premio puede ser muy dura. Aquellas Navidades fueron difíciles», cuenta sin resquemores pero con la lección aprendida: «El dinero, cuando llega de sopetón, saca a flote la verdadera esencia de las personas, lo que de verdad tienen dentro».

Tras el reparto familiar, a Félix le tocaron «unos» 300.000 euros, «que no me permitieron dejar de trabajar, pero sí vivir alegremente», admite. «Cambié de coche, invertí en la panadería, pasamos la crisis mejor que otros, se casaron dos hijos y ninguno tiene hipoteca, mi mujer se compró un mueble para el salón que le hacía ilusión, hemos viajado algo, un crucero... y, como soy precavido, aún queda un colchón». «Pero no se crea que el Gordo es lo mejor que me ha pasado en la vida», se apresura a matizar. «Eso no supera a mi mujer, ni haber sobrevivido a un aneurisma, ni ser presidente de Cáritas de Calahorra. Eso sí», coge aire, «si me vuelve a tocar, esta vez lo celebro con un Dom Perignon, a lo James Bond».

Carlos Resa. Lotero «Estoy convencido de que me va a volver a tocar»
Carlos Resa, en su despacho
Carlos Resa, en su despacho / Sandra Espinosa

En la inusualmente amplia administración de lotería número 2 de la localidad alavesa de Llodio dan ganas de quedarse a tomar el té. Un pino de dos metros ricamente decorado y una bandeja de pastas saludan a la clientela. Su titular recibe sonriente con una bufanda estilosamente anudada al cuello y la piel bronceada. Acaba de regresar de Canarias, a donde se escapa «a menudo» con su familia. Nos conduce al interior del local, a un despacho de diseño con las puertas de una caja fuerte abiertas de par en par. Aunque a ojos de un profano no lo parezca, se trata de un auténtico fortín de 140 metros cuadrados, impenetrable por tierra, mar o aire. «Aquí está metido el premio. Aquí y en un reloj Hublot que me compré para conmemorar la fecha», revela a la de tres Carlos Resa.

Se refiere al segundo premio de la lotería del Niño de 2009, que cayó en el 56.306 y que su administración distribuyó de manera íntegra. 60 millones de euros que hicieron temblar al centro extremeño de la localidad alavesa y a una degustación de Orozko, y que subieron de peldaño a Resa, entonces al mando de una pequeña administración en las afueras de Llodio. Además de catapultar a su negocio al Olimpo, llevaba cinco décimos de la combinación ganadora. 559.000 euros que, ocho meses después, le permitían dar forma a un nuevo local, cuatro veces mayor, y hecho a capricho, e inaugurarlo a lo grande, con coral y fuegos artificiales incluidos, ante setecientos vecinos y amigos. Se trataba en buena medida de brindar un homenaje a sus padres, a quienes debe su oficio, y, también, de abrir una nueva era que ha hecho cierto el dicho de que «el dinero llama al dinero». No solo ha incrementado las ventas en un 25%, sino que lleva ya repartidos 100 millones de euros en premios.

Y lo que queda. Carlos está convencido de que «me va a volver a tocar». Lleva unos 1.500 euros en décimos. «Esta Navidad damos otro», le secunda Maritxu Aguirretxe, su mujer, mientras lleva y trae tacos de hojas con cientos deboletos.

Que hable el experto. Si toca, ¿qué recomienda hacer?

– Sentarse y tranquilizarse. El dinero se gasta enseguida. Quitarse hipotecas, cambiar la cocina, el coche y ahorrar. El dinero se va.

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